Sobre cómo la tecnología está banalizando los valores de la vida

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Hace ya más de dos décadas, cuando estudiaba psicología, recuerdo con admiración aquellas clases magistrales donde se nos explicaban los experimentos clásicos de la psicología social, como los que llevó a cabo Stanley Milgram en los que intentaba explicar cómo la gente obedece órdenes de superiores sin cuestionarse si debía hacerlo o no, con la excusa de que sólo obedece a un superior, y que se aplicaron al fenómeno de los nazis y el exterminio judío en el holocausto. Concretamente me llamó mucho la atención aquel experimento en el que los voluntarios tenían que apretar un botón que daba una descarga eléctrica a otro voluntario si respondía equivocadamente, y conforme más se equivocaba, más elevada era la descarga, llegando a niveles casi mortales. Sorprendentemente, muchos participantes siguieron apretando el botón aún viendo el sufrimiento de la otra persona, pero se excusaban en que simplemente hacían lo que otra persona, el responsable del experimento, le mandaba. Muy pocos fueron los que se negaron a seguir apretando el botón. Lo que ninguno sabía es que en el otro lado no había una persona real, sino un actor que simulaba estar recibiendo dolorosas o mortales descargas eléctricas.

Este experimento marcó un antes y un después en el estudio de la psicología humana, especialmente en la psicología social, y vino a demostrar que nuestros valores morales son siempre relativos y no absolutos, y que todos, en determinadas circunstancias modificamos esos valores morales.

¿Por qué me acuerdo hoy de este experimento clásico?

Pues precisamente a colación del caso de Verónica, la trabajadora de IVECO que se suicidó después de conocer que se había filtrado un vídeo erótico suyo privado de hace años entre los trabajadores de su planta de trabajo y no pudo soportar la presión del entorno, llegando al suicidio.

El suceso ha recorrido todos los medios nacionales y hasta internacionales, y se han hecho numerosos enfoques sobre el mismo asunto, unos hablaban de la idoneidad de que esta chica en su día grabara esas imágenes; otros hablaban de la falta de ética de la persona que violó su privacidad compartiendo ese vídeo que se había grabado en privado; otros señalaban a la malicie del hombre varón por compartir y visualizar ese contenido;… 

El colmo ha sido descubrir que en una conocida web de contenidos pornográficos, los términos «Verónica Iveco» estaban entre los más buscados.

Para mí, el problema de fondo que se debe abordar es que la tecnología está banalizando todos aquellos valores importantes de la vida, hoy nada importa, hoy nada tiene valor, hoy todo vale. 

Yo me he criado en una época en la que había horarios para todo, y se respetaban. 

Yo me crié en una época en la que a partir de cierta hora no se llamaba al timbre de nadie y ni de lejos se llamaba por teléfono para no molestar, salvo que fuera una urgencia real.

Yo me crié en una época en la que la privacidad de una pareja y de una familia era el mayor bien a defender.

Yo me crié en una época en la que si un adulto quería ver contenidos sexuales, tenía que esperar a determinadas horas de la noche o comprar esos contenidos y verlos en privado.

Hoy no, hoy todo vale. Hoy a través de las redes sociales, cualquier hora vale para enviar un mensaje, un vídeo, una llamada o una videollamada, no se respetan horarios de ninguna clase. Hoy hay contenidos de todo tipo disponibles a cualquier hora, en cualquier momento y en cualquier sitio.

Hoy todo es gratis, nada requiere un esfuerzo, sólo necesitas un móvil y una económica tarifa de datos para tener acceso a todo tipo de contenidos, y lo peor de todo, que da igual si eres adulto o un menor de edad.

Hoy los padres no saben lo que hacen sus hijos cuando se encierran en su cuarto. Se piensan que están estudiando, cuando en realidad están viendo pornografía o peor aún, ofreciendo pornografía a cualquiera que esté dispuesto a pagar, mientras sus padres están tras la pared viendo «Cuéntame cómo pasó» y creyendo sanamente que sus hijos están a buen recaudo en su casa. O pueden estar apostando online; o hablando con cualquier extraño que está al otro lado; o consultando cualquier contenido inadecuado.

Hoy nada tiene valor. Nuestros jóvenes no saben que cuando hacen el cómodo y gratuito gesto de reproducir un vídeo pornográfico, detrás hay alguien que puede estar sufriendo, que puede estar coaccionada por mafias para prostituirse, que puede estar vendiendo su vida a cambio de unos euros para poder comer,…. pero sólo vemos un contenido gratuito en la red.

Las nuevas tecnologías nos están convirtiendo a todos, sin darnos cuenta, en participantes de un nuevo experimento de Stanley Milgram, sólo que esta vez a nivel mundial, y en el que todo se ha relativizado y banalizado, nada tiene importancia ni valor, y nos excusamos esta vez en que todo es gratis, en que todos lo hacen, en que es lo normal,… Todos estamos fascinados con lo que se puede hacer con la tecnología, pero nadie repara en si debemos hacerlo.

 

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